martes, 19 de mayo de 2020

Patria e identidad en las fiestas


Patria e identidad en las fiestas
Teresa Eggers-Brass

La sentencia “El 25 de mayo de 1810 nació la Patria” está totalmente naturalizada
en la población argentina.[1] Sin embargo, concita sonrisas de desdén entre muchos historiadores académicos.
Tiene sentido preguntarse ¿qué es la Patria? ¿En qué estamos pensando cuando hablamos de Patria, y qué idea se tenía en 1810 sobre lo que era o lo que querían los revolucionarios que fuera la Patria?
Si vamos a las fuentes, o sea, al Plan de las Operaciones que el Gobierno Provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe poner en práctica para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia, se habla del “sacudimiento de una nación”, de las medidas “más conducentes para la salvación de la Patria”, del “emprendimiento de la obra de nuestra libertad”. Este Plan de Operaciones, proyecto de Manuel Belgrano, aprobado por toda la Junta el 18 de julio de 1810 y escrito por Mariano Moreno, muestra bien a las claras que el nacimiento de la Patria fue el 25 de mayo de 1810. En el desarrollo del Plan, Moreno lo precisa, y diferencia a la Revolución de los proyectos anteriores: “aunque algunos años antes de la instalación del nuevo gobierno se pensó, se habló, y se hicieron algunas combinaciones para realizar la obra de nuestra independencia ¿diremos que fueron medios capaces y suficientes para realizar la obra de la independencia del Sud [...]?”
El historiador Tulio Halperín Donghi, hace algunas décadas, aseveraba:
“La independencia va a significar la identificación de la causa revolucionaria con la de la nación, nacida ya de un curso de hechos que (...) es irreversible”.
Con esto, afirmaba que la nación había surgido con el irreversible curso de hechos iniciado con la Revolución de Mayo.
Como bien afirma Benedict Anderson, la nación es una construcción colectiva.[2] Esa creación estaba en sus primeros pasos en 1810, cuando todavía no se podía asegurar cuáles de los territorios integrantes del Virreinato del Río de la Plata se iban a plegar al proyecto, o quedarían bajo la dominación de Buenos Aires.
Si bien nuestro país recién en 1816 proclama la independencia como Estado, quienes integraron la Primera Junta de Gobierno Patrio estaban conscientes de su
papel fundador de una nueva nación. No lo podían exteriorizar por una cuestión de conveniencia política, por lo que cuidaron en los documentos oficiales de mencionarlo. Pero se ocuparon de instalar en la conciencia ciudadana la importancia del acontecimiento, mediante los festejos de la Revolución: las Fiestas Mayas. Desde el 25 de mayo de 1811, esta celebración duró varios días, y, como en las fiestas patronales coloniales, se organizaron festejos por barrios. Las Provincias Unidas del Río de La Plata todavía no se
llamaban Argentina, pero la palabra aparece en la Marcha Patriótica, luego denominada Himno Nacional Argentino: “Al gran pueblo argentino, ¡Salud!”. Desde ya, estaba la confusión heredada por el nombre del Virreinato, llamado indistintamente Virreinato de Buenos Ayres o del Río de la Plata, y argentino sería del Río de la Plata, pero era usado más como adjetivo calificativo que como gentilicio.
El nombre del “Río de la Plata” tuvo origen debido a la existencia de las minas de plata del cerro de Potosí, en el Alto Perú. La explotación infrahumana por parte de los conquistadores llevó al estallido de la gran rebelión indígena de Túpac Amaru (1780-1781). Los criollos no lo ignoraban, y quienes estudiaron en la Universidad de Chuquisaca, como Mariano Moreno y Juan José Castelli, eran sensibles al tema. La tesis doctoral del futuro Secretario de la Primera Junta fue la Disertación Jurídica sobre el servicio personal de los indios. Castelli festejó el primer aniversario de la Revolución de Mayo en Tiahuanaco, con los caciques indios, y rindió homenaje a los antiguos Incas. Por cierto, estas acciones no le jugaron a favor dentro de la aristocracia altoperuana, máxime conociendo la gran represión militar que tuvo lugar con el levantamiento indígena y con las rebeliones criollas de 1809. Pero para los patriotas, el Imperio Incaico era el pasado de grandeza previo a la conquista española que se quería evocar dentro de la nueva historia patria. La Marcha Patriótica con letra de Vicente López y Planes, aprobada por la Asamblea Soberana de 1813 tres años antes de la declaración de independencia, era uno de los instrumentos para forjar la identidad patria:
“Se levanta a la faz de la tierra

una nueva y gloriosa Nación

Se conmueven del Inca las tumbas
Y en sus huesos revive el ardor,
Lo que ve renovado a sus hijos
De la Patria el antiguo esplendor.”
El Congreso de Tucumán, cuando declaró la independencia, afirmó que nos investimos “del alto carácter de una nación libre e independiente”. Y la propuesta de Belgrano para la forma de gobierno fue aceptada por mayoría, aunque no se implementó: una monarquía coronando a un descendiente de la dinastía incaica, limitando su poder por medio de una constitución. Su propósito era lograr la aceptación de todos los que se sentían más identificados con el imperio incaico que con la dominación española: es decir, los indios y mestizos del Perú y Alto Perú. San Martín y Güemes le dieron su apoyo.
Así, la identidad entre la nueva Nación y la antigua Patria de los Incas, es algo que se intenta establecer en los albores, pero que se pierde cuando se corta desde Buenos Aires el auxilio a las expediciones libertadoras en 1819.
En la Declaración de 1816, el concepto “nación” tiene un significado similar a “Estado”. Pero ese Estado se fundaba, de hecho, en apenas algunos atributos: con la declaración de la independencia se reclamaba el reconocimiento externo de su soberanía política; no se tenía el control de todo el territorio que se suponía lo integraría, e incluso el nombre que iba a adoptar siguió estando en discusión muchos años más. Tenemos que tener en cuenta que, en ese momento, todo estaba por hacerse.

Muchos fueron los proyectos de Patria que tuvieron quienes lucharon por ella. Hacia el Centenario, había triunfado el de la oligarquía terrateniente. Pese a que hubo voces discordantes entre quienes la consolidaron a partir de 1860, se fue imponiendo el modelo agroexportador con la propiedad de las tierras concentrada en pocas manos. Había que instalar el modelo de Nación que querían los nuevos “fundadores”. Domingo F. Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, Vicente Fidel López, y finalmente en forma exitosa Bartolomé Mitre (porque lo hizo multiplicándose como militar, gobernante, periodista, político e historiador), buscaron en el pasado los héroes que integraron el Panteón nacional.[3] La construcción de una historia sin fisuras acorde con la ideología dominante, a transmitir en las escuelas que había que multiplicar para uniformar mentalidades, y las conmemoraciones oficiales y escolares, debían consolidar la Nación.
La transformación del país para la integración en el mercado mundial, a través de la división internacional del trabajo trajo consecuencias contradictorias con el objetivo de las élites. La inmigración había sido convocada como recurso humano para ese proyecto, pero entre los inmigrantes europeos llegaron militantes socialistas, anarquistas o sindicalistas, disconformes con la situación de explotación del trabajador.
Los aristócratas más antiguos y los nuevos oligarcas, considerando a su estirpe como propia de “los Fundadores de la Patria”, se mostraban orgullosos en los actos del Centenario ante los visitantes ilustres extranjeros que venían a conocer la París de América, mientras reprimían duramente a los nuevos trabajadores que se agremiaban. El historiador Juan Álvarez[4] consideraba “prudente” al Presidente Roca cuando, en su mensaje de 1904, afirmaba que la mano de obra de este “vasto campo de producción industrial” (¡la República Argentina!), procuraba obtener las mismas ventajas concedidas por otros Estados, y que los estadistas debían adelantarse a las crisis violentas. Sin embargo, esta “prudencia” de las élites dirigentes no procuró la solución pacífica de los conflictos sino el sometimiento por la fuerza, con los instrumentos brindados por las leyes de Residencia (1902) y de Seguridad Social (1910).
El historiador Álvarez, como hombre del Centenario, transmitía la inquietud por el futuro de la República: “flota en el ambiente la idea de que convendría robustecer la cohesión de nuestra nacionalidad”. Para ello era importante escribir la historia argentina investigando las causas profundas, no como se solía hacer “con marcada tendencia a explicar los hechos como único resultado de la acción de ciertas personas, dotadas de actitudes excepcionales, que manejaban o conducían a las demás”. Y criticaba la superficialidad del fervor festivo de sus contemporáneos: “convendría averiguar si es tal nuestro grado de perfección, que la práctica del patriotismo deba reducirse a venerar la bandera y oír con respetuoso recogimiento las notas graves del Himno”. La preocupación se originaba porque la Argentina recibía “con aplauso la llegada de nuevos cargamentos de hombres incultos” y su influencia se ejercía sobre nosotros: “Antes de que adquiera alguna orientación peligrosa, es prudente procurar que la República se encuentre organizada sobre bases sólidas, porque en cualquier momento, esas masas, ignorantes de nuestra historia y ajenas a la sangre que ha caído para cimentar las actuales instituciones argentinas, pueden complicar extraordinariamente con su analfabetismo y su pobreza, las soluciones pacíficas que aún estamos en tiempo de realizar”.
Frente a la realidad del inmigrante indócil que le hacía añorar a Miguel Cané la época de la esclavitud, la oligarquía inventó el mito del gaucho vestido como estanciero, inocente, bravo y trabajador, descendiente de españoles y curtido en la lucha contra el indio, que pasó a ser prototipo de la argentinidad. Para cimentarlo, en 1917 se estableció que el 12 de octubre (conmemoración del arribo de Colón al Nuevo Continente) sería el Día de la Raza. De la raza hispánica, sin lugar a dudas, en contra de la inmigración no deseada. Recién a mediados del siglo XX, cuando se conquistan los derechos de los trabajadores (y en ese término están incluidos los inmigrantes de todas las latitudes, los migrantes internos y los peones rurales) se comenzó a hablar del “crisol de razas”.
El concepto de “crisol de razas”, el lugar donde se funden los metales de diferentes colores y tipos, pasó a ser durante mucho tiempo el símbolo de la argentinidad: un lugar donde todos éramos iguales, y donde se reconocía al argentino como morocho. En este momento sabemos que, más allá de la creencia común de que “los argentinos descendemos de los barcos”, existe un mestizaje mucho mayor que el declarado históricamente. Estudios de marcadores genéticos que contribuyen a identificar grupos étnicos (realizados por la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA) mostraron que sobre 12.000 muestras al azar, en la mayoría de las regiones del país más del 50% de la población tiene al menos un antepasado indígena y menos del 40% exhibe ambos linajes no amerindios, pudiendo ser europeo, asiático o africano.[5] Actualmente se reconoce al “crisol de razas” como un mito, ya que en la Argentina hay diversidad de pueblos y culturas. Los derechos de las minorías fueron y siguen siendo ninguneados, por lo que antes de las celebraciones del Bicentenario llegó a la Plaza de Mayo la movilización indígena más importante de la historia argentina, impulsada por organizaciones de pueblos originarios (mapuches, diaguitas, kollas y otros), en reclamo de tierras y políticas ambientales serias. 

La celebración por antonomasia de la última dictadura militar (1976-1983), fue la del Centenario de la Conquista del Desierto. La identificación del gobierno militar con el proyecto agroexportador de la Generación del 80 se hizo evidente. Más sutiles fueron, en cambio, las labores historiográficas para demostrar que nuestra Nación se había consolidado en esa época (1860-1880). En la década del ’90, el historiador José Carlos Chiaramonte sostiene en El mito de los orígenes en la historiografía latinoamericana,[6] que no es conveniente hablar de “nación” en 1810, ya que el concepto de “nacionalidad” era inexistente hasta la difusión del Romanticismo, a partir de 1830. Sí en cambio que sería correcto hablar de la emergencia, gracias al proceso independentista, de la ciudad soberana, sucedida luego por el Estado provincial, paralelamente a las fracasadas tentativas de organización de un Estado nacional rioplatense. Señala que el sentimiento fuerte de identidad en las guerras por la independencia era el americano en primer lugar, el provincial o local en un segundo puesto, y después de éste, la percepción de que eran “argentinos” o más comúnmente “rioplatenses” por hallarse dentro de los territorios dominados por Buenos Aires. Chiaramonte critica a quienes hablan del “proceso de organización nacional”, porque suponen que la “nación” está al comienzo del recorrido, y lo que sigue es una historia donde los caudillos son los que se resisten anárquicamente al logro de esa organización, u otra en donde su lucha es meritoria, en pro de ese objetivo. En cambio, se debe analizar el surgimiento de distintas formas de estados, con diferentes delimitaciones espaciales que, aunque transitorios, no por ello son menos importantes para la historia del período posterior a la independencia. La formación del Estado nacional argentino comienza tras la batalla de Pavón (1861) y se consolida en 1880.
Tras el meticuloso análisis de Chiaramonte, muchos investigadores abrevaron de sus escritos. Las conclusiones que extrajeron algunos (producto de lecturas parciales) se hicieron en tiempos en que la destrucción del Estado era un métier no sólo de las grandes empresas transnacionales y de los organismos financieros internacionales, sino también del mismo Gobierno argentino, amparado por la doctrina neoliberal. Se constituyeron, de este modo, en intelectuales orgánicos a ese sistema, consultados frecuentemente en diarios como Clarín o La Nación. Expresaban que el nacionalismo de quienes le dieron el perfil a la Argentina Moderna era “sano”, y aceptaban que el Padre de la Historia Argentina (Bartolomé Mitre) tuvo razones valederas para iniciar y avalar esta narración: era necesario crear una historia con muchos años atrás para parecernos a los recientemente fundados Estados Nacionales europeos. Pero, según estos pensadores, continuar difundiendo el “mito” del nacimiento de la Patria en 1810 era negativo, ya que daba fundamentos a los fanatismos nacionalistas que tanto daño le habrían hecho al país durante el siglo XX. En un trabajo conjunto, estos investigadores expresaron: “Suponíamos que en ambos estados [Argentina y Chile] las ideas nacionalistas, que en el siglo XIX coadyuvaron a su organización y a la constitución de las identidades nacionales, se fueron orientando a lo largo del siglo XX en un sentido exclusivista, reaccionario y autoritario en lo interior y chauvinista en lo exterior”.[7] Al hermanar el concepto de nacionalismo con el de autoritarismo, chauvinismo, exclusivismo, en fin, con la intolerancia, le daban un empujón a la debilitada idea de nación, desarmada ya por la política económica neoliberal. Y, lo que es peor, le cedían el concepto de nacionalismo en calidad de exclusividad a los militaristas y tradicionalistas sectarios, a la derecha más reaccionaria.

El Bicentenario de la Revolución de Mayo se celebró alegre y masivamente, como las fiestas mayas de los primeros tiempos patrios. En ese momento, el peligro del último cuarto del siglo XX pareció conjurado. Sin embargo, en el acto por el Bicentenario de la Independencia, en una muestra de sentir profundo de espíritu de coloniaje, se invitó como huésped de honor al Rey de España. Se hizo presente el rey emérito Juan Carlos I (entonces salpicado por escándalos como la caza de elefantes en Botsuana y actualmente por graves hechos de corrupción), a quien emotivamente, el entonces presidente Mauricio Macri le dijo que nuestros patriotas “claramente deberían tener angustia, querido rey, de separarse de España”. Evidentemente, no todos los actores políticos de 1816 estaban de acuerdo en separarse de España y menos, “de toda otra dominación extranjera”, pero gracias a que triunfó la voluntad de los independentistas, se pudo y se puede seguir construyendo la Nación.




[1] Los historiadores argentinos del siglo XIX y la mayor parte de los del siglo XX –algunos influidos por el concepto romántico de nación y muchos por la necesidad de consolidar el sentimiento nacional– sostuvieron que la nación argentina surge en 1810 con la Revolución de Mayo, y los orígenes de la identidad argentina se vislumbran en 1806 con las invasiones inglesas, o en 1776 con la creación del Virreinato del Río de la Plata, o con el gobierno de Hernandarias y la creación de la gobernación del Río de la Plata (1597), o con la primera (1536) o segunda fundación de Buenos Aires (1580), o con el descubrimiento del Río de la Plata (1516), o con los primeros asentamientos indígenas en nuestro territorio (entre 10.000 y 13.000 a.C.). 
[2] Según Benedict Anderson (Comunidades imaginadas, FCE, 1993), “la nación es una comunidad políticamente imaginada como inherentemente limitada y soberana”. Los miembros de una nación, aunque no se conozcan todos entre sí, se imaginan participando en el mismo sentimiento, se sienten compatriotas, y se consideran en cierto modo diferentes a los de otros países. Se imaginan soberanos porque, desde el siglo XVIII, “Nación” es el pueblo con vocación de ser libre, de ejercer su poder de decisión, resguardada por un Estado soberano. Finalmente, dice Anderson, se imagina como comunidad porque, “independientemente de la desigualdad y la explotación que en efecto puedan prevalecer en cada caso, la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal”, que hace que nos sintamos hermanados los que nacemos en el mismo territorio. En ese sentido, el nacionalismo es un sentimiento de unión, un nexo o lazo entre la gente.
[3] León Pomer (1994): “La construcción de los héroes”, Des-memoria, Re-vista de Historia, Nº 5, Buenos Aires.
[4] Juan Álvarez (1912; 1984): Las guerras civiles argentinas, Eudeba.
[5] http://coleccion.educ.ar/coleccion/CD9/contenidos/sobre/pon3/index.html
[6] Publicado por el Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (Buenos Aires) en 1991. Continuó con la temática en los libros Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Buenos Aires, Ariel, 1997, y Nación y Estado en Iberoamérica. El lenguaje político en tiempos de la independencia, Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
[7] Luis Alberto Romero (coord.), Néstor Cohen, Luciano de Privitellio, Silvina Quintero, Hilda Sábato, en "Educación e identidad nacional: La visión de Chile en el sistema escolar argentino (1940-1995)”, 1998.

1 comentario:

  1. Muy Bueno Teresa! Valiosa la observación acerca de la "destrucción" del estado por políticas neoliberales, requería "diluir" científicamente la idea de "Nación". No es que no la entendieran...el cipayismo es endémico en ciertos cenáculos intelectuales.

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